El cumpleaños
La invitación decía siete. A las siete no había nadie, y a las dos de la mañana había guitarra.
La invitación decía siete de la noche. Llegué a las siete punto con una botella de vino.
La mamá de Camila me abrió el pelo mojado.
—¡Ay, puntual! Pasa, pasa, estamos arreglando.
En la sala había dos personas: el papá, viendo noticiero, y un primo que sillas. Nadie más.
A las ocho llegó la primera pareja. A las nueve la casa estaba llena y alguien había conectado parlante.
supe cuándo empezó exactamente la fiesta. Simplemente, en algún momento, estaba pasando.
A las diez la torta. Cantaron, aplaudieron, y la tía Rosa empujó al frente para la foto.
—Ponte acá, sobrino, que eres de la casa.
Camila me miró desde el otro lado de la mesa y las cejas, diciendo: ¿ves?
A las dos de la mañana ocho personas y su papá sacado la guitarra.
Cuando fin fuimos, el cielo ya estaba gris.
En el carro le dije a Camila que la próxima vez a las nueve.
—No —me dijo—. Llega a las siete otra vez. A mi mamá gustó.
Tap any word you do not know.